Algunos clichés contra el método Montessori

«Un método “nuevo” que data de principios del siglo XX (sic)»

Acabo de leer un artículo (no lo citaré, no tiene sentido seguir hablando de él) que constituye tal colección, concentrada, copiosa y odiosa, de clichés contra Montessori que me parece una ocasión perfecta para refutarlos uno a uno.

El primero, trillado pero difícil de erradicar, consiste en sorprenderse de que se llame «moderno» a un método que tiene más de un siglo. Lo curioso es que la gente que piensa así desearía que volviéramos a los tiempos de la escuela decimonónica, de «la letra con sangre entra», los deberes, las notas firmadas, las categorías, los castigos, los aprendizajes de memoria… Sin embargo, precisamente, querer suprimir todas estas trabas inútiles para permitir el desarrollo armonioso y autónomo del niño y la niña en lugar de inhibirlos y humillarlos ¡eso sí es moderno!castigo

«La escuela Montessori solo funciona para niños superdotados o para los deficientes (sic)»

Empecemos por sospechar de la contradicción inherente a la formulación: ¿no es extraño que una pedagogía funcione lo mismo para los niños y niñas de alto potencial que para los que tienen dificultades? Esta frase pone en evidencia sobre todo  el hecho de que, al tener en cuenta las particularidades de cada uno y al adaptarse a ellas, la pedagogía Montessori evita que se deje de lado a todos aquellos que no encajan a la perfección dentro de la «norma». ¿Y cuál es esta norma?, ¿quién la define? ¿y bajo qué criterios?

«Es peligrosa para los demás (sic)»

Peligrosa porque los deja libres. Al autor del artículo le aterra la idea de que a los niños y niñas formados en esta pedagogía no se les imponga nada y que, a la fuerza, van a aprovechar para sumirse en la indolencia y la pereza.  Esto es tener una visión muy negativa de los niños. También es equivocarse de pleno: basta pasar unas horas en una escuela Montessori para darse cuenta del hecho de que los niños y las niñas no solo trabajan, sino que además lo trabajan voluntariamente y con placer. Precisamente cuando se les da libertad para hacer un trabajo es cuando se les ofrece la ocasión de ser voluntariamente activos en la escuela y, más tarde, en la vida, sin la necesidad de tener a un gendarme al lado.

«La escuela no puede permitirse esperar años para que un niño aprenda a leer y a calcular y simplemente empiece a trabajar (sic)»

Cuando se sabe hasta qué punto las imposiciones a la fuerza son poco productivas para la mayoría y perjudicial para unos cuantos, esta frase suscita la risa. Pero una risa irónica. La escuela  que no tiene la capacidad (ni la paciencia) de esperar, y fracasa tan estrepitosamente que priva a nuestra sociedad y al futuro de nuestros países de una buena parte de sus fuerzas vivas. En lugar de dejar a quienes lo necesitan el tiempo para florecer a su ritmo, para que a fin de cuentas cada uno pueda entrar en las mejores condiciones en una vida activa y creativa para el bien de todos, se lanza a toda pastilla contra la pared sin preocuparse por los daños. ¡Menudo éxito!

«Las obligaciones sociales son bienes preciosos para que aprendamos a vivir juntos (sic)»

Sobrentendido: las escuelas Montessori son demasiado agradables para preparar (¡armar!) a los niños y niñas ante el horror de la vida que les espera: competición, egoísmo, codicia, ansias de poder… ¿qué se yo? Dicho de otro modo: como en la vida recibimos todo el tiempo martillazos en la cabeza, cuando antes comencemos mejor. ¡Es absurdo! En primer lugar, porque si la sociedad es realmente tan malvada, sería mejor empezar a intentar cambiarla, por ejemplo, educando mejor a los niños y las niñas para que se conviertan en adultos menos egoístas, menos codiciosos, menos ávidos de poder… En segundo lugar porque justamente dando confianza a los niños y a las niñas y enseñándoles a dialogar, los estamos preparando para vivir en una sociedad de manera equilibrada, independiente y abierta.

Sylvia Dorance
CEO de Escuela Viva

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