Pedagogía Freinet: el método natural para aprender a leer

Éramos una pequeña piña, de pie delante de la pizarra, unos cogidos por los hombros, otros por la cintura, algunos saltaban de un pie al otro emocionados, otros se ponían de puntillas o incluso, los más pequeños, se subían a las sillas, estirándose hacia el texto escrito en líneas muy grandes y bien espaciadas, sobre un gran cartel azul. Todos con la nariz en alto, porque la Educación Nacional ponía las pizarras demasiado altas. La señorita había intentado paliar el inconveniente colgando lo más bajo posible aquello que llamaba nuestra atención ese día.

<Todos con la nariz en alto, porque la Educación Nacional ponía las pizarras demasiado altas>

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El texto que había colgado era el de uno de nosotros, escrito libremente para contar un acontecimiento sin duda muy fuerte, ya que la votación de la mañana fue unánime. La abuela de Laurent se había lanzado como un jugador de rugby, con el mandil por delante, para placar a un conejo salvaje que estaba devorando sus zanahorias. Martine había recibido un fósil de amonita que le había enviado su primo (el fósil en cuestión reinaba sobre una mesa desde un rincón del aula, augurando todo tipo de manipulaciones, investigaciones y dibujos). Los bomberos habían acudido a casa de Hervé para llevar a su abuelo al hospital: Hervé oscilaba entre la tristeza que sentía por el abuelo y la alegría que despertaba en él el camión rojo. La fuente del pueblo rajaba más fuerte que de costumbre y Sylvie soñaba con una navegación desenfrenada. ¡Los textos libres! Una mina. La elegida del día era la abuela «jugadora de rugby».

Luc y Louise habían reconocido la primera letra de sus respectivos nombres aquí, y allá y allí. Pierre había notado que, en este lugar preciso, había una L, pero que no estaba en mayúscula como en Luc y Louise. Cada uno había buscado su letra. También habíamos visto todas las mayúsculas; las que marcaban el principio de las oraciones porque les precedía un punto y las otras. La estructura del texto se iba revelando gradualmente. A medida que lo hacía, la señorita ponía un círculo entorno a lo que el grupo de pequeños detectives había descubierto. Poco a poco, el cartel se llenó de círculos, flechas que conectaban letras, sílabas o palabras «parecidas». Luego ella preguntó acerca de las palabras que casi habíamos conseguido leer por completo. Al final, el grupo pudo leer todo el texto, en orden y con todo su sentido.

<Al final, el grupo pudo leer todo el texto, en orden y con todo su sentido>

¿Quién había leído qué? Eso no nos interesaba. ¿Quién sabía leer mejor que los demás? A nadie le importaba ¿Quién no había abierto la boca, sino solo había abierto bien los ojos y los oídos para preparar su propia inmersión en la lectura, un día de estos? Nadie había prestado atención. El grupo había leído. Y todos sabían lo que estaba escrito. Todos comprendían muy bien que las letras representan los sonidos de nuestras palabras, que juntas forman las palabras que significan algo, y que este texto, si lo dejábamos a un lado hasta el día siguiente o incluso hasta el próximo año, nos permitiría encontrar exactamente la misma historia porque era una manera de conservarlo y de transmitirlo.

 

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Claro que la señorita había notado en el proceso los avances o las dificultades de un niño en particular, lo que le permitiría, durante el trabajo individual, adaptar a cada uno sus consejos y sus pistas de trabajo. La señorita guardaba un registro del progreso de cada niño. Guardaba las trazas, en sus tablas de seguimiento, de cada nueva adquisición individual. Pero fue a través de la cooperación y la emulación que todo el grupo avanzó en el aprendizaje de la lectura, como un pequeño tren lleno de energía, tirado por los más avanzados, que remolcaba a quienes solo habían estado en los primeros descubrimientos. Nos encantaba aprender a leer. No hubo ningún estrés, ningún orgullo particular, ninguna humillación, ninguna competición. Solo nos ocupábamos del único objetivo que importa al aprender a leer, o a hablar o a caminar: descubrir, comprender, aprender, dominar y al final disfrutar de las inmensas posibilidades que ofrece esta nueva habilidad.

<Nos encantaba aprender a leer. No hubo ningún estrés, ningún orgullo particular, ninguna humillación, ninguna competición>

Esta cooperación se ejercía en todos los dominios. Es uno de los puntos fuertes de la pedagogía de Freinet, y también se fomenta en otras pedagogías activas. No se trata de una cooperación impuesta por lecciones morales, sino sugerida y vivida a diario, de una manera agradable, sin la necesidad de teorizarla. Se aplica en la tutoría de un niño con otro niño menor o con menos talento en un ámbito concreto, que a su vez puede apoyarle en un ámbito que él domina. Los niños también aprenden muy rápido que la cooperación permite llevar a cabo tareas que no podríamos superar solos u obtener un resultado mucho más rico y perfecto que cuando uno reflexiona por su cuenta. Naturalmente, pedirán ayuda cuando la necesiten, ganarán tiempo y comprenderán más rápido. Se vuelven más conscientes de los demás, más empáticos, simplemente más generosos y prestos a compartir.

¿Se imagina la sociedad que resultaría de semejante educación si concerniera no solo a pequeños grupos, sino a todos los niños, generación tras generación? Sin ansias de buenismo, el simple sentido común permite comprender que, por ejemplo, la vida de las empresas se transformaría. El intercambio de bienes y servicios tendría un aspecto muy diferente. El “open source” sería una evidencia. El reparto justo de las responsabilidades y el equilibrio de las remuneraciones también.

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Escrito por Sylvia Dorance en base a los recuerdos que una escuela Freinet dejó en su infancia. http://www.escuela-viva.net

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