Crónica de una escuela de pueblo. Temporada 1 – Episodio 4

La naturaleza

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La naturaleza entraba en clase y la encontrábamos constantemente en nuestros textos. ¡Los textos libres de los niños de las ciudades deben ser tan diferentes! Sin duda también serán ricos, pero probablemente no estén tan llenos de olores, colores, humedad, calor, ramitas crepitantes, estallidos de vainas secas, etc. Es decir, de todo aquello que percibimos con la piel, por las fosas nasales, los ojos abiertos y los oídos alerta. He encontrado esta naturaleza en prácticamente todos los textos del periódico que publicamos: “Ha nevado. Los abetos parecen pescados pasados por harina”. “Las orugas cubrieron el tronco de la acacia y parecía que tuviese un suéter gris. Quería tocarlas porque parecían de terciopelo, pero papá me dijo que eran venenosas”. “Las hormigas son como pequeñas gotas de agua con patas”. “No quiero tocar ranas. Su piel parece fría”. Como veníamos todos andando a la escuela, cruzando prados y atravesando setos y arroyos, a menudo descubríamos recursos para llevar a clase: un tejón o un búho heridos, un gatito ciego descuidado por su madre por alguna razón desconocida.

<< Sin embargo, no era una naturaleza ni idílica ni edulcorada >>

Me acuerdo de una serpiente muerta, abierta sobre una mesa en el patio, para que pudiésemos descubrir aquellas pequeñas serpientes que no habían tenido tiempo suficiente de nacer. De este modo, era inútil trabajar la teoría de los vivíparos y ovíparos, porque la idea ya estaba fijada para siempre en el alumnado, con el olor a hierro oxidado de la serpiente muerta.

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Un hermano y una hermana atravesaban una media de dos kilómetros de bosque para llegar a la escuela cada mañana y, de nuevo, otros dos kilómetros en la dirección contraria para regresar a su aislada granja. Un bosque de abetos, oscuro, lleno de crujidos y huidas furtivas. Siempre me ha impresionado este trayecto que yo únicamente hacía en coche. En invierno, ellos lo hacían de noche, y, a veces, incluso con nieve. Me acuerdo, a menudo, de haber visto sus dos pequeñas espaldas alejarse y sumergirse en la oscuridad. Los días de lluvia llegaban como dos ratones mojados y corrían hacia la estufa para secar sus húmedos jerséis y sus botas llenas de agua. Con ellos, otro aspecto de la naturaleza entró en clase: sus misterios, sus fantásticos secretos, sus miedos. Y ese sentimiento tan fuerte de seguridad y felicidad intensa cuando estábamos todos reunidos en clase, con el calor, con la fuerte lluvia golpeando las ventanas.

También teníamos a Pipo. El perro de la Señorita. Un gran perro de cruce, pero infinitamente paciente, que entraba y salía de clase a su antojo, venía a pedir caricias o a acostarse debajo de alguna silla. Su muerte nos consternó a todos.

También salíamos mucho. Hacia el río o hacia el bosque. Medíamos el tronco de los árboles, comparábamos sus hojas, su corteza, su porte, recolectábamos champiñones para ponerlos sobre folios de colores y dejar caer las esporas, observábamos todo tipo de musgos y hierbas, descubríamos el inexorable crecimiento de los líquenes, observábamos la construcción de los hormigueros, hacíamos ramos de flores, recolectábamos carretillas llenas de helechos para tapizar el fondo del escenario de la fiesta del colegio. ¡Aquel olor a helecho!

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En los años 80, cubrimos de hormigón todos los patios de la escuela porque era más higiénico. No obstante, a día de hoy, estamos rompiendo el hormigón, al menos en las escuelas centradas en las personas, porque nos dimos cuenta que no era una buena idea criar a los niños en suelo artificial.

<< Por ello, creamos huertos en lugar de columpios y organizamos clases verdes y salidas al bosque. ¡Otra vez! ¡Por fin! >>

Escrito por Slyvia Dorance para Escuela Viva. 

http://www.escuela-viva.net

 

 

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