¿Ha dicho proyecto pedagógico?

Una amiga docente me contaba hace poco que se había separado del padre de sus hijas. En sus propias palabras: no tenían el mismo «proyecto pedagógico». Al principio, encontré la expresión del todo inapropiada. Incluso pensé que se trataba de una deformación profesional. Y luego, al poco tiempo, dicha expresión empezó a resonar en mi vida privada y profesional.

Hemos apostado por el mismo «proyecto pedagógico»!

Mi compañero y yo hemos compartido la motivación «conjunta» de criar a nuestros hijos en contacto con la naturaleza. ¡Al final, sin darnos cuenta, hemos apostado por el mismo «proyecto pedagógico»!

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Entonces recordé a otra madre criando sola a sus dos hijos pequeños. Los niños, que se llevan muy pocos años, iban a una escuela muy tradicional.

Una tarde después de la escuela, a ella le sorprendió el comportamiento de su hijo mayor, que luchaba por levantar una barrera en la mesa para impedir que su hermano de 5 años le «copiara», como en la escuela. Ella, que estaba decidida a conservar la complicidad natural entre sus hijos, se encontró en una situación incómoda.

No dudaba de la competencia de los profesores ni del éxito académico de sus hijos, pero se interrogaba sobre los valores que aprendían en clase.

Favorece la cooperación entre los niños.

Al año siguiente, y a pesar de los sacrificios económicos que tuvo que hacer, tomó la decisión de apuntarlos a una escuela privada Montessori, que favorece la cooperación entre los niños.

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Los chavales se encontraron juntos en una clase de edades diversas que desarrollaba la ayuda mutua y el trabajo en equipo. En la escuela, como en casa, volvieron a ser hermanos.

Más tarde, podrán seguir una escolaridad coherente en el seno de una escuela pública inspirada en la pedagogía Freinet.

La relación entre padres y enseñantes es un pilar de la escolarización de los niños.

Elijamos una escuela pública o una privada, sin duda todos tendremos que tener muy claro el proyecto educativo de cada uno y la coherencia de los valores que se transmitirán a nuestros hijos.

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Vanessa Toinet, directora de una escuela de pedagogía activa. Autora de Montessori Paso a paso. Escuela Viva

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Educar a niños curiosos

La mayoría de la gente, sobre todo los padres y las madres, dicen que aprecian la curiosidad de los niños. Todos los padres querrían que sus hijos fueran curiosos, creativos e imaginativos.

¿Siguen siendo pertinentes estas cualidades si tomamos en cuenta el comportamiento que los padres esperan de sus hijos?

He aquí cinco cualidades que poseen casi todos los niños curiosos:

  • curiosidad
  • imaginación
  • inventiva
  • ganas de explorar
  • intrepidez

Todos los niños pequeños tienen estas cualidades. Sin embargo, poco a poco a medida que crecen, la mayoría pierde inventiva se vuelve más miedoso. ¿Por qué? ¿Qué podemos hacer para evitarlo?

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Los niños investigadores – A los niños curiosos les encanta plantear preguntas, montones y montones de preguntas.

Todos los padres lo saben. Antes de que mis hijos empezaran a hacer preguntas, recuerdo haber pensado lo divertido que sería que lo hicieran. En aquella época, me imaginaba nuestras conversaciones profundas y el aprendizaje que se derivaría de ellas.

Pues bien, no siempre es tal como yo lo había imaginado. Es cierto que muchas, muchísimas, veces me ha encantado responder a sus preguntas. Sus preguntas nos han llevado a hablar de tantos temas diferentes, ¡inimaginables en edades tan tempranas! Pero, por otra parte, yo no estaba preparada para tantas preguntas –una tras otra, y tras otra–. ¡Es francamente agotador!

No obstante, es imposible reprimir estas preguntas sin reprimir también su curiosidad. Tal vez en algunos momentos tengo que decir a mis hijos que necesito una pequeña pausa, pero siempre intento volver atrás enseguida y preguntarles si tienen otras preguntas, otros temas de los que necesiten hablar. Cuanto más libres se sienten niños para hacer preguntas cuando son pequeños (sin temor a que alguien le pida que se callen o se burle de ellos), más libres se sentirán para hacer preguntas difíciles o para pedir consejos cuando sean mayores.

Tome en serio las preguntas de sus hijos. Le piden a usted una respuesta. A menudo veo a personas que intentan transformar las preguntas en otras preguntas para que las respondan los niños o convertirlas en «momentos educativos», en una especie de lección sobre el tema. Si usted le hace una pregunta a alguien, ¿cómo le gustaría que le respondieran? Eso es lo que trato de tener en mente cuando mis hijos me hacen preguntas.

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Los niños imaginativos – Los niños curiosos suelen tener una imaginación profunda y fértil.

Este tipo de niños se plantean preguntas a sí mismos y piensan en todas las formas posibles de responder a dichas preguntas. A menudo, los niños se portan mal porque quieren poner a prueba una idea que se les ha ocurrido. Preguntas del tipo: ¿cómo será?, o qué pasará si hago esto, son muy importantes para los niños pequeños.

Las escuelas dicen valorar la imaginación, pero la auténtica imaginación no se puede limitar a escribir o al hecho de contar de una historia inteligente, a simular jugar durante el recreo o incluso a imaginar formas de resolver los problemas de matemáticas o de ciencias (si es que se anima a esto).

¿Qué hacer si un niño se imagina cómo sería volar por el aire? ¿Se le permitiría a soñar con lo que podría suceder? ¿Le estaría permitido dibujar máquinas voladoras durante horas… a la manera de Leonardo da Vinci o soñar con un futuro en el que los seres humanos pudieran volar o teletransportarse a sí mismos? Es probable que no sea capaz de entender cómo vuela esa máquina o cómo funciona el haz para teletransportarse a otro mundo, pero explorará nuevos temas y aprenderá todo tipo de cosas divertidas. Y, lo que es más importante, sabrá que su imaginación es muy apreciada y no se limita solo a los temas «apropiados».

Los niños inventivos – Los niños curiosos quieren hacer de su imaginación una realidad concreta.

Creo que la mayoría de los niños son pequeños inventores. Si les dejan, inventan su propia forma de aprender a caminar y a hablar, de levantarse de la cama (si duermen en una cama), de leer, de resolver cálculos y aún mucho más cuando se van haciendo mayores.

Cuando nosotros, los adultos, intervenimos e imponemos la solución «correcta», esta inventiva natural va desapareciendo. Algunos niños conservan esta cualidad cuando son adultos, por lo general se convierten en inventores profesionales, ingenieros, científicos, etc. Sin embargo, habría muchas más personas inventivas y creativas en su vida cotidiana si no las hubieran convencido de que solo los «expertos» o aquellos que tienen diplomas o certificados tienen las soluciones correctas.

 

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Los niños experimentadores – A los niños curiosos les gusta «enredar».

Conozco a mucha gente que piensa que el desorden y la curiosidad no deberían ir de la mano. No puedo estar más en desacuerdo. Para saber cómo funcionan las cosas, es necesario experimentar y afrontar los eventuales «daños colaterales». Los niños pequeños tienen una particular necesidad de experimentar.

Créanme, no siempre es fácil recordarlo. Como madre, esto suele significar mucho más trabajo de negociación. Y a veces puede ser increíblemente frustrante. Pero, nos guste o no, la imaginación y los «daños colaterales» van a la par. Mi teoría es la siguiente: cuanta más imaginación tiene el niño, mayores serán los estropicios que hará.

A los dos años, mis gemelos se llevaron una pastilla de mantequilla al piso de arriba y embadurnaron toda la habitación: las paredes, las puertas, las alfombras y las ventanas. ¿Creen que en aquel momento me alegré de aquella maravillosa exhibición de imaginación? Pues no; mi primer pensamiento fue pegarles un berrido al ver todo el trabajo que me aguardaba. Pero, me alegro de no haberles gritado sin más y de no haberlos «castigado» por su curiosidad. Además, ¡eran los gemelos!

En lugar de eso, mientras limpiamos juntos el desorden, hablamos sobre la mantequilla, de dónde viene y cómo puede manchar; hablamos de que la gente a veces hace esculturas de mantequilla, y, sí, también hablamos de que no es una buena idea extenderla por las paredes ni por cualquier otra cosa sin antes preguntarle a mamá y papá.

En otra ocasión, tomaron veinticuatro botellas de agua y las vaciaron por el fregadero. Lo vuelvo a repetir: eran pequeños y sentían curiosidad por saber qué pasaría. En estos casos, una tiene que elegir: puede gritar y castigar o anticiparse a su curiosidad y ofrecerles otras formas de demostrar sus teorías que no causen daños ni a bienes ni a personas.

Los niños sin miedo – Los niños curiosos son audaces

Si a usted le da miedo que alguien se burle de sus preguntas, le dará miedo formularlas. Si está limitado en la manera de expresar su imaginación, le dará miedo imaginar algo más grande e imponente. Si le castigan por crear desorden, le dará miedo crear e inventar.

Los niños cuya curiosidad se anima y se fomenta, no tienen miedo a nada. Eso no quiere decir que no tengan los temores y preocupaciones naturales, pero no les da miedo ser fuertes, audaces y expresivos. No les preocupa la inseguridad ni la opinión de los demás.

 

Necesitamos personas más curiosas en este mundo, personas que no se detengan automáticamente ante la última palabra de los demás. Los niños intrépidos y valientes se convierten en líderes, inventores, artistas y adultos comprensivos que resuelven problemas.

 

Según el artículo aparecido en inglés sobre el blog Interest-led learning de Christina Pilington

Fotos de Vanessa Toinet para Escuela Viva y de Niki Boon

Educar a Niños Curiosos 

escuelaviva.wordpress.com

 

Educación: los padres y la escuela

Confiar los hijos a los enseñantes

Estamos tan acostumbrados al inicio de la escuela como complemento de la familia en la educación de niños y niñas, que la cuestión no se plantea con frecuencia: a los dos años y medio, o a los tres años, casi todos los niños entran en la escuela infantil más próxima a su casa. Si todo va bien, luego pasan a la escuela primaria.

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Si nos paramos a pensar, confiar nuestros seres más queridos sin tener realmente la opción de elegir a la persona a quien se los confiamos… ¡glups! ¡da un poco de cosa! No se trata simplemente de que guarden a nuestros hijos e hijas. Se trata de aceptar que una persona a la que conocemos muy poco y de la que ignoramos sus ideas sobre la educación y sobre la vida, y sobre toda clase de valores que para nosotros son fundamentales, esté en contacto permanente, 6 horas al día con el niño o la niña. No solo enseña conocimientos, sino también comportamientos sociales; participa en el desarrollo de la personalidad del niño de una manera que tal vez no es la que consideramos buena para él. Y al mismo tiempo, aunque no estemos de acuerdo con lo que se hace en clase, queremos evitar que el niño se encuentre en medio de un conflicto aún más turbador para su equilibrio que el hecho de oír dos tañidos de campana distintos, uno en casa y otro en el colegio.

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El consenso en torno a la sumisión

Antiguamente, el enseñante tenía un estatus particularmente respectado que evitaba los conflictos entre él y la familia y. De los enseñantes solo se esperaba que enseñaran a niños y niñas cierto bagaje de conocimientos y conductas de sumisión al orden establecido. El niño recibía bofetadas físicas y psicológicas tanto en casa como en el cole, por motivos sobre los que reinaba un perfecto consenso (falta de respeto hacia los adultos, indisciplina, fracaso escolar). Niños y niñas salían al cabo de un número de años más o menos grande, un poco «perjudicados», bastante inhibidos y maduros para una vida profesional, también basada con frecuencia en la sumisión.

La duda, el conflicto, la incoherencia

¿Es mejor hoy? La verdad, no mucho. Por un lado, el consenso con respecto a la sumisión existe aún entre muchas escuelas y muchos padres. Por otro, cuando no hay consenso, suele ser muy difícil saber quién se equivoca y quién tiene razón y cómo salir del conflicto. En nuestros días, aunque existen enseñantes formidables, también hay muchos que no ha recibido una auténtica formación pedagógica. Esto no quiere decir automáticamente que no hagan bien su tarea, pero quizás impide que confiemos en ellos ciegamente. Por su parte, los padres no están informados de lo que la escuela debería realmente aportar a sus hijos: ¿Únicamente conocimientos?, ¿de qué tipo?, ¿también conductas y valores? ¿El desarrollo de su autonomía?, ¿o por el contrario deberían ser formateados en aras de una inserción no traumática en la sociedad? Todo el mundo anda perdido. Todo el mundo alberga dudas. El enfrentamiento de madres, padres y enseñantes se cierne sobre las cabezas de los niños.

Para una colaboración feliz entre la escuela y la familia

Sin embargo, los ejemplos de ciertos países (sí, adivinen: ¡Finlandia!, cómo no, pero también Singapur u otros) y de ciertas escuelas (Freinet, Montessori, Decroly, Steiner…) demuestran que es posible hallar una solución inteligente y ecuánime. Tener pequeñas escuelas de barrio en lugar de enormes escuelas que no permiten un buen diálogo con el exterior. Formar a los enseñantes hasta el punto de convertirlos en verdaderos expertos en educación (pedagogía, psicología, conocimientos). Reconocer y valorizar esta profesionalidad. Informar a madres y padres de la necesidad de que confíen en ellos; cada uno su oficio. Enseñarles que la educación en la escuela no es solo «escolar». Permitirles participar en lo que se hace en clase y colaborar con la escuela.

En fin, insistir, en un clima sereno, en la complementariedad escuela/familia para el desarrollo armonioso y completo de niños y niñas: confianza en ellos, autonomía, rigor, organización de su trabajo, equilibrio personal, respeto a los demás, sentido cívico, autodisciplina, afirmación y argumentación de sus ideas, y un sinfín de elementos más.