Crónica de una escuela de pueblo

Escuela pequeña – gran ventaja

Yo era un niño de ciudad que olía a jabón, en una clase que olía a vaca. Sí, era una escuela de pequeños granjeros en los años 60. Los niños no dormían lejos del establo, a veces ayudaban a ordeñar por la tarde, con la frente apoyada en el costado de las vacas. Se lavaban por la mañana rápidamente las mejillas, rojas y llenas de salud, utilizando el guante como si fuera la lengua de un gato. Éramos raros, los que olíamos a jabón. Pero no duraba mucho. Nuestros juegos se encargaban rápidamente de borrar las diferencias, de eliminar en silencio toda esta mezcla social. Nuestros cabellos felizmente mezclados para realizar los trabajos comunes tomaban prestados el perfume de todo el mundo.

Close Up Of Children's Feet Dangling From Wooden Bridge

<< Y esta convivencia tan simple era contagiosa: franqueaba el muro de la escuela y se extendía a todo el pueblo >>

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Crónica de una escuela de pueblo. Temporada 1 – Episodio 4

La naturaleza

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La naturaleza entraba en clase y la encontrábamos constantemente en nuestros textos. ¡Los textos libres de los niños de las ciudades deben ser tan diferentes! Sin duda también serán ricos, pero probablemente no estén tan llenos de olores, colores, humedad, calor, ramitas crepitantes, estallidos de vainas secas, etc. Es decir, de todo aquello que percibimos con la piel, por las fosas nasales, los ojos abiertos y los oídos alerta. He encontrado esta naturaleza en prácticamente todos los textos del periódico que publicamos: “Ha nevado. Los abetos parecen pescados pasados por harina”. “Las orugas cubrieron el tronco de la acacia y parecía que tuviese un suéter gris. Quería tocarlas porque parecían de terciopelo, pero papá me dijo que eran venenosas”. “Las hormigas son como pequeñas gotas de agua con patas”. “No quiero tocar ranas. Su piel parece fría”. Como veníamos todos andando a la escuela, cruzando prados y atravesando setos y arroyos, a menudo descubríamos recursos para llevar a clase: un tejón o un búho heridos, un gatito ciego descuidado por su madre por alguna razón desconocida.

<< Sin embargo, no era una naturaleza ni idílica ni edulcorada >>

Me acuerdo de una serpiente muerta, abierta sobre una mesa en el patio, para que pudiésemos descubrir aquellas pequeñas serpientes que no habían tenido tiempo suficiente de nacer. De este modo, era inútil trabajar la teoría de los vivíparos y ovíparos, porque la idea ya estaba fijada para siempre en el alumnado, con el olor a hierro oxidado de la serpiente muerta. Sigue leyendo

Las diferencias

<< Crónica de una escuela de pueblo >>

Yo era un poco, no como el patito feo, pero sí como un polluelo raro de la escuela. Rubia, un poco espagueti y salida de una familia de burgueses parisinos trasladada al campo, en medio de todos los pequeños campestres bajos, fornidos y morenos del suroeste. Yo tenía, además, acento del norte, típico de los parisinos. Sin embargo, aunque instintivamente adquiría cierto acento del sur con mis compañeros, sin duda alguna para intentar hacer como todo el mundo, nunca he sufrido la más mínima burla y nunca me han hecho sentir diferente.

Había más diversidad en clase. No obstante, me es imposible saber cómo cada niño diferente vivía esta situación, pero sí sé cómo lo vivimos nosotros. Nosotros, los otros, el grupo.

<< Jacques desaparecía a veces >>

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Tan pronto estaba con nosotros alrededor de la pequeña mesa, como ya no estaba. Como un diente caído en una boca de 6 años: de repente aparecía un agujero. Pero no nos sorprendía. Sabíamos muy bien lo que pasaba y lo que debíamos hacer. Mientras uno iba a coger el “cojín de Jacques”, otro le levantaba la cabeza y un tercero avisaba a la Señorita si en ese momento ella se estaba ocupando de otro grupo. Apartábamos las sillas, los bancos, la mesa, para que no chocara con ellos durante sus convulsiones. Lo girábamos suavemente sobre el costado. Le sosteníamos la mano. Esperábamos a que se despertara de su crisis epiléptica y lo rodeábamos para consolarlo, porque cada vez que le pasaba, mientras se limpiaba la espuma de la boca, comenzaba a llorar. Sigue leyendo

Cómo elegir un regalo Montessori

El material Montessori: ¿son juguetes?

A medida que se acerca la Navidad, en todas partes vemos alabar los méritos de algún regalo Montessori.

Una precisión importante: los elementos del material pedagógico Montessori no son «juguetes», en el sentido de que, si el niño los usa sin que le hayan enseñado la manera de usarlos, pasará por alto aprendizajes relacionados con cada material y se cansará enseguida. Para el caso, mejor regalarle un juego de construcción o una muñeca.

Además, el material Montessori es cronológico. Es decir, corresponde a edades aproximadas y, a veces, requiere requisitos previos.

Entonces, ¿debemos renunciar a regalar material Montessori en Navidad? No, claro que no, pero es necesario elegirlo bien.

couleurs¿Cómo elegir el material Montessori?

En primer lugar, aquí encontrará una cronología de utilización del material de Vida práctica y de Vida sensorial para niños y niñas desde 2 hasta 6 años: cronograma-escuela-viva.pdf

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Contar con… las patas

Bianca-filletteEsta es la historia de una niña pequeña, que padecía una enfermedad rara y estaba aprendiendo a contar. En el instituto habían declarado que solo sería capaz de contar hasta 4. De modo que tomaron la decisión de no proponerle aprendizajes básicos, como las matemáticas.

Sus padres estaban profundamente convencidos de que un enfoque menos académico tal vez le ayudara a progresar. Tenían la sensación de que el «sistema» había abandonado a su hija.

¡Uno, dos, tres, cuatro… cinco!

Me propuse la ardua tarea de hacer que disfrutara contando, convencida de que el material Montessori le sería de gran ayuda. A fin y al cabo, dicho material había sido diseñado en un principio para ayudar a niños con lo que se denomina «necesidades educativas especiales». Lo admito: con ella no fue tan sencillo. La niña parecía indiferente a mi material. Se mostraba dispuesta a cooperar, pero nada más. Tocó el material como le expliqué, pero sin ningún impulso real hacia el aprendizaje.

Yo estaba a punto de rendirme. Además, incluso terminé guardando el material Montessori en su lugar. No me faltó imaginación ni apoyo. Lo había intentado todo: hacerle contar lápices de colores, moras, guijarros… Y de repente un día la oí contar: «¡Uno, dos, tres, cuatro… cinco!». La niña tenía en la mano la pata de mi perra y estaba contando las uñas.

Allí donde los profesionales de la infancia habían fracasado, ¡un perro lo había conseguido! Sigue leyendo

Pedagogía Freinet: el método natural para aprender a leer

Éramos una pequeña piña, de pie delante de la pizarra, unos cogidos por los hombros, otros por la cintura, algunos saltaban de un pie al otro emocionados, otros se ponían de puntillas o incluso, los más pequeños, se subían a las sillas, estirándose hacia el texto escrito en líneas muy grandes y bien espaciadas, sobre un gran cartel azul. Todos con la nariz en alto, porque la Educación Nacional ponía las pizarras demasiado altas. La señorita había intentado paliar el inconveniente colgando lo más bajo posible aquello que llamaba nuestra atención ese día.

<Todos con la nariz en alto, porque la Educación Nacional ponía las pizarras demasiado altas>

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Para comprar: Pedagogía Freinet. Por dónde empezar

El texto que había colgado era el de uno de nosotros, escrito libremente para contar un acontecimiento sin duda muy fuerte, ya que la votación de la mañana fue unánime. La abuela de Laurent se había lanzado como un jugador de rugby, con el mandil por delante, para placar a un conejo salvaje que estaba devorando sus zanahorias. Martine había recibido un fósil de amonita que le había enviado su primo (el fósil en cuestión reinaba sobre una mesa desde un rincón del aula, augurando todo tipo de manipulaciones, investigaciones y dibujos). Los bomberos habían acudido a casa de Hervé para llevar a su abuelo al hospital: Hervé oscilaba entre la tristeza que sentía por el abuelo y la alegría que despertaba en él el camión rojo. La fuente del pueblo rajaba más fuerte que de costumbre y Sylvie soñaba con una navegación desenfrenada. ¡Los textos libres! Una mina. La elegida del día era la abuela «jugadora de rugby».

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¿Ha dicho proyecto pedagógico?

Una amiga docente me contaba hace poco que se había separado del padre de sus hijas. En sus propias palabras: no tenían el mismo «proyecto pedagógico». Al principio, encontré la expresión del todo inapropiada. Incluso pensé que se trataba de una deformación profesional. Y luego, al poco tiempo, dicha expresión empezó a resonar en mi vida privada y profesional.

Hemos apostado por el mismo «proyecto pedagógico»!

Mi compañero y yo hemos compartido la motivación «conjunta» de criar a nuestros hijos en contacto con la naturaleza. ¡Al final, sin darnos cuenta, hemos apostado por el mismo «proyecto pedagógico»!

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Entonces recordé a otra madre criando sola a sus dos hijos pequeños. Los niños, que se llevan muy pocos años, iban a una escuela muy tradicional.

Una tarde después de la escuela, a ella le sorprendió el comportamiento de su hijo mayor, que luchaba por levantar una barrera en la mesa para impedir que su hermano de 5 años le «copiara», como en la escuela. Ella, que estaba decidida a conservar la complicidad natural entre sus hijos, se encontró en una situación incómoda.

No dudaba de la competencia de los profesores ni del éxito académico de sus hijos, pero se interrogaba sobre los valores que aprendían en clase.

Favorece la cooperación entre los niños.

Al año siguiente, y a pesar de los sacrificios económicos que tuvo que hacer, tomó la decisión de apuntarlos a una escuela privada Montessori, que favorece la cooperación entre los niños.

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Los chavales se encontraron juntos en una clase de edades diversas que desarrollaba la ayuda mutua y el trabajo en equipo. En la escuela, como en casa, volvieron a ser hermanos.

Más tarde, podrán seguir una escolaridad coherente en el seno de una escuela pública inspirada en la pedagogía Freinet.

La relación entre padres y enseñantes es un pilar de la escolarización de los niños.

Elijamos una escuela pública o una privada, sin duda todos tendremos que tener muy claro el proyecto educativo de cada uno y la coherencia de los valores que se transmitirán a nuestros hijos.

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Vanessa Toinet, directora de una escuela de pedagogía activa. Autora de Montessori Paso a paso. Escuela Viva

Si quieres ver más sobre los libros Paso a Paso y comprarlos: método Montessori

Educar a niños curiosos

La mayoría de la gente, sobre todo los padres y las madres, dicen que aprecian la curiosidad de los niños. Todos los padres querrían que sus hijos fueran curiosos, creativos e imaginativos.

¿Siguen siendo pertinentes estas cualidades si tomamos en cuenta el comportamiento que los padres esperan de sus hijos?

He aquí cinco cualidades que poseen casi todos los niños curiosos:

  • curiosidad
  • imaginación
  • inventiva
  • ganas de explorar
  • intrepidez

Todos los niños pequeños tienen estas cualidades. Sin embargo, poco a poco a medida que crecen, la mayoría pierde inventiva se vuelve más miedoso. ¿Por qué? ¿Qué podemos hacer para evitarlo?

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Los niños investigadores – A los niños curiosos les encanta plantear preguntas, montones y montones de preguntas.

Todos los padres lo saben. Antes de que mis hijos empezaran a hacer preguntas, recuerdo haber pensado lo divertido que sería que lo hicieran. En aquella época, me imaginaba nuestras conversaciones profundas y el aprendizaje que se derivaría de ellas.

Pues bien, no siempre es tal como yo lo había imaginado. Es cierto que muchas, muchísimas, veces me ha encantado responder a sus preguntas. Sus preguntas nos han llevado a hablar de tantos temas diferentes, ¡inimaginables en edades tan tempranas! Pero, por otra parte, yo no estaba preparada para tantas preguntas –una tras otra, y tras otra–. ¡Es francamente agotador!

No obstante, es imposible reprimir estas preguntas sin reprimir también su curiosidad. Tal vez en algunos momentos tengo que decir a mis hijos que necesito una pequeña pausa, pero siempre intento volver atrás enseguida y preguntarles si tienen otras preguntas, otros temas de los que necesiten hablar. Cuanto más libres se sienten niños para hacer preguntas cuando son pequeños (sin temor a que alguien le pida que se callen o se burle de ellos), más libres se sentirán para hacer preguntas difíciles o para pedir consejos cuando sean mayores.

Tome en serio las preguntas de sus hijos. Le piden a usted una respuesta. A menudo veo a personas que intentan transformar las preguntas en otras preguntas para que las respondan los niños o convertirlas en «momentos educativos», en una especie de lección sobre el tema. Si usted le hace una pregunta a alguien, ¿cómo le gustaría que le respondieran? Eso es lo que trato de tener en mente cuando mis hijos me hacen preguntas.

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Los niños imaginativos – Los niños curiosos suelen tener una imaginación profunda y fértil.

Este tipo de niños se plantean preguntas a sí mismos y piensan en todas las formas posibles de responder a dichas preguntas. A menudo, los niños se portan mal porque quieren poner a prueba una idea que se les ha ocurrido. Preguntas del tipo: ¿cómo será?, o qué pasará si hago esto, son muy importantes para los niños pequeños.

Las escuelas dicen valorar la imaginación, pero la auténtica imaginación no se puede limitar a escribir o al hecho de contar de una historia inteligente, a simular jugar durante el recreo o incluso a imaginar formas de resolver los problemas de matemáticas o de ciencias (si es que se anima a esto).

¿Qué hacer si un niño se imagina cómo sería volar por el aire? ¿Se le permitiría a soñar con lo que podría suceder? ¿Le estaría permitido dibujar máquinas voladoras durante horas… a la manera de Leonardo da Vinci o soñar con un futuro en el que los seres humanos pudieran volar o teletransportarse a sí mismos? Es probable que no sea capaz de entender cómo vuela esa máquina o cómo funciona el haz para teletransportarse a otro mundo, pero explorará nuevos temas y aprenderá todo tipo de cosas divertidas. Y, lo que es más importante, sabrá que su imaginación es muy apreciada y no se limita solo a los temas «apropiados».

Los niños inventivos – Los niños curiosos quieren hacer de su imaginación una realidad concreta.

Creo que la mayoría de los niños son pequeños inventores. Si les dejan, inventan su propia forma de aprender a caminar y a hablar, de levantarse de la cama (si duermen en una cama), de leer, de resolver cálculos y aún mucho más cuando se van haciendo mayores.

Cuando nosotros, los adultos, intervenimos e imponemos la solución «correcta», esta inventiva natural va desapareciendo. Algunos niños conservan esta cualidad cuando son adultos, por lo general se convierten en inventores profesionales, ingenieros, científicos, etc. Sin embargo, habría muchas más personas inventivas y creativas en su vida cotidiana si no las hubieran convencido de que solo los «expertos» o aquellos que tienen diplomas o certificados tienen las soluciones correctas.

 

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Los niños experimentadores – A los niños curiosos les gusta «enredar».

Conozco a mucha gente que piensa que el desorden y la curiosidad no deberían ir de la mano. No puedo estar más en desacuerdo. Para saber cómo funcionan las cosas, es necesario experimentar y afrontar los eventuales «daños colaterales». Los niños pequeños tienen una particular necesidad de experimentar.

Créanme, no siempre es fácil recordarlo. Como madre, esto suele significar mucho más trabajo de negociación. Y a veces puede ser increíblemente frustrante. Pero, nos guste o no, la imaginación y los «daños colaterales» van a la par. Mi teoría es la siguiente: cuanta más imaginación tiene el niño, mayores serán los estropicios que hará.

A los dos años, mis gemelos se llevaron una pastilla de mantequilla al piso de arriba y embadurnaron toda la habitación: las paredes, las puertas, las alfombras y las ventanas. ¿Creen que en aquel momento me alegré de aquella maravillosa exhibición de imaginación? Pues no; mi primer pensamiento fue pegarles un berrido al ver todo el trabajo que me aguardaba. Pero, me alegro de no haberles gritado sin más y de no haberlos «castigado» por su curiosidad. Además, ¡eran los gemelos!

En lugar de eso, mientras limpiamos juntos el desorden, hablamos sobre la mantequilla, de dónde viene y cómo puede manchar; hablamos de que la gente a veces hace esculturas de mantequilla, y, sí, también hablamos de que no es una buena idea extenderla por las paredes ni por cualquier otra cosa sin antes preguntarle a mamá y papá.

En otra ocasión, tomaron veinticuatro botellas de agua y las vaciaron por el fregadero. Lo vuelvo a repetir: eran pequeños y sentían curiosidad por saber qué pasaría. En estos casos, una tiene que elegir: puede gritar y castigar o anticiparse a su curiosidad y ofrecerles otras formas de demostrar sus teorías que no causen daños ni a bienes ni a personas.

Los niños sin miedo – Los niños curiosos son audaces

Si a usted le da miedo que alguien se burle de sus preguntas, le dará miedo formularlas. Si está limitado en la manera de expresar su imaginación, le dará miedo imaginar algo más grande e imponente. Si le castigan por crear desorden, le dará miedo crear e inventar.

Los niños cuya curiosidad se anima y se fomenta, no tienen miedo a nada. Eso no quiere decir que no tengan los temores y preocupaciones naturales, pero no les da miedo ser fuertes, audaces y expresivos. No les preocupa la inseguridad ni la opinión de los demás.

 

Necesitamos personas más curiosas en este mundo, personas que no se detengan automáticamente ante la última palabra de los demás. Los niños intrépidos y valientes se convierten en líderes, inventores, artistas y adultos comprensivos que resuelven problemas.

 

Según el artículo aparecido en inglés sobre el blog Interest-led learning de Christina Pilington

Fotos de Vanessa Toinet para Escuela Viva y de Niki Boon

Educar a Niños Curiosos 

escuelaviva.wordpress.com

 

Niño pasivo, niño actor, niño autor (o niña)

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Sin duda constituye la mayoría en la enseñanza tradicional. Simplemente porque aceptamos y a menudo porque queremos que lo sea así. ¿Es tímido y participa poco? En un aula de treinta niños y niñas que reciben clases magistrales, se queda olvidado rápidamente en un rincón. ¿Es muy «sabio»? Escucha lo que dicen, registra lo que puede, aprende de memoria el resto en casa y lo regurgita al día siguiente en un examen en el que nos fijaremos especialmente en el resultado y muy poco, o casi nada, en el razonamiento. Rápidamente se da cuenta de que le interesa no manifestarse demasiado, porque si lo hace, corre el riesgo de cometer errores y de que le castiguen por ello. En cualquier caso, el espacio en el que se espera que debe apelar a su imaginación o su iniciativa es muy pequeño.

El niño actor

La pedagogía activa le da al niño un lugar muy diferente. Lo pone en situaciones en las que es él quien elige, busca, dialoga, colabora con sus compañeros, utiliza a su manera los documentos y herramientas que el enseñante pone a su disposición. Lo responsabiliza al hacerlo participar en la elaboración de su programa de aprendizaje (pedagogía de contrato) y en la evaluación de su trabajo y el de los demás (autoevaluación, evaluación por pares). La pedagogía activa cultiva la confianza en sí mismo al aceptar el error como una etapa necesaria para progresar. Promueve su autonomía al poner a su disposición materiales que puede utilizar sin la ayuda o la censura de un adulto (fichas de autocorrección en Freinet, material que permite el control del error en Montessori…).

El niño autor

shy-2717444_1280Esta es la tercera etapa, que no se encuentra en todas las clases, ni siquiera en todas las clases de la pedagogía activa. Para que el niño (o la niña) autor se manifieste, se requiere una actitud y un espíritu particulares por parte del educador.

Primero, ¿qué entendemos por niño (o niña) autor? Es, por ejemplo,  un auténtico creador en el ámbito artístico: dibuja o esculpe o canta o escribe lo que quiere, cuando quiere. Sigue por vías diferentes de las de sus compañeros porque sigue su propia personalidad y sus propios gustos. Busca mejorar sus creaciones documentándose y cultivándose. Ha aprendido progresivamente a sentirse libre para expresarse a su manera. O es el que hará invenciones técnicas más o menos elaboradas, experiencias originales… y se dedicará, poco a poco, en lo que más le interesa, mientras descubre y así revela su propia vía de excelencia.

Esto solo es posible cuando el enseñante favorece la iniciativa y la independencia desde el comienzo en el espíritu de la clase. Para eso, es necesario que este enseñante sea capaz de cuestionar lo que se le ha aprendido en su formación, generar sus propias ideas, no de seguir un método como si se tratara de una regla inmutable y fija. Es necesario que invente constantemente según el contexto, según los niños con los que trabaja, los medios disponibles, etc. Debe ser capaz de evolucionar, de cambiar de rumbo, de adaptar y de adaptarse. Debe ser él mismo actor y autor de su trabajo.

¿Conocen a enseñantes así? ¡Se reconocen de inmediato! En general, adoran su trabajo, lo hacen sin contar, nunca se aburren y… sus alumnos los adoran.

Más sobre la pedagogía activa.

Educación: los padres y la escuela

Confiar los hijos a los enseñantes

Estamos tan acostumbrados al inicio de la escuela como complemento de la familia en la educación de niños y niñas, que la cuestión no se plantea con frecuencia: a los dos años y medio, o a los tres años, casi todos los niños entran en la escuela infantil más próxima a su casa. Si todo va bien, luego pasan a la escuela primaria.

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Si nos paramos a pensar, confiar nuestros seres más queridos sin tener realmente la opción de elegir a la persona a quien se los confiamos… ¡glups! ¡da un poco de cosa! No se trata simplemente de que guarden a nuestros hijos e hijas. Se trata de aceptar que una persona a la que conocemos muy poco y de la que ignoramos sus ideas sobre la educación y sobre la vida, y sobre toda clase de valores que para nosotros son fundamentales, esté en contacto permanente, 6 horas al día con el niño o la niña. No solo enseña conocimientos, sino también comportamientos sociales; participa en el desarrollo de la personalidad del niño de una manera que tal vez no es la que consideramos buena para él. Y al mismo tiempo, aunque no estemos de acuerdo con lo que se hace en clase, queremos evitar que el niño se encuentre en medio de un conflicto aún más turbador para su equilibrio que el hecho de oír dos tañidos de campana distintos, uno en casa y otro en el colegio.

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El consenso en torno a la sumisión

Antiguamente, el enseñante tenía un estatus particularmente respectado que evitaba los conflictos entre él y la familia y. De los enseñantes solo se esperaba que enseñaran a niños y niñas cierto bagaje de conocimientos y conductas de sumisión al orden establecido. El niño recibía bofetadas físicas y psicológicas tanto en casa como en el cole, por motivos sobre los que reinaba un perfecto consenso (falta de respeto hacia los adultos, indisciplina, fracaso escolar). Niños y niñas salían al cabo de un número de años más o menos grande, un poco «perjudicados», bastante inhibidos y maduros para una vida profesional, también basada con frecuencia en la sumisión.

La duda, el conflicto, la incoherencia

¿Es mejor hoy? La verdad, no mucho. Por un lado, el consenso con respecto a la sumisión existe aún entre muchas escuelas y muchos padres. Por otro, cuando no hay consenso, suele ser muy difícil saber quién se equivoca y quién tiene razón y cómo salir del conflicto. En nuestros días, aunque existen enseñantes formidables, también hay muchos que no ha recibido una auténtica formación pedagógica. Esto no quiere decir automáticamente que no hagan bien su tarea, pero quizás impide que confiemos en ellos ciegamente. Por su parte, los padres no están informados de lo que la escuela debería realmente aportar a sus hijos: ¿Únicamente conocimientos?, ¿de qué tipo?, ¿también conductas y valores? ¿El desarrollo de su autonomía?, ¿o por el contrario deberían ser formateados en aras de una inserción no traumática en la sociedad? Todo el mundo anda perdido. Todo el mundo alberga dudas. El enfrentamiento de madres, padres y enseñantes se cierne sobre las cabezas de los niños.

Para una colaboración feliz entre la escuela y la familia

Sin embargo, los ejemplos de ciertos países (sí, adivinen: ¡Finlandia!, cómo no, pero también Singapur u otros) y de ciertas escuelas (Freinet, Montessori, Decroly, Steiner…) demuestran que es posible hallar una solución inteligente y ecuánime. Tener pequeñas escuelas de barrio en lugar de enormes escuelas que no permiten un buen diálogo con el exterior. Formar a los enseñantes hasta el punto de convertirlos en verdaderos expertos en educación (pedagogía, psicología, conocimientos). Reconocer y valorizar esta profesionalidad. Informar a madres y padres de la necesidad de que confíen en ellos; cada uno su oficio. Enseñarles que la educación en la escuela no es solo «escolar». Permitirles participar en lo que se hace en clase y colaborar con la escuela.

En fin, insistir, en un clima sereno, en la complementariedad escuela/familia para el desarrollo armonioso y completo de niños y niñas: confianza en ellos, autonomía, rigor, organización de su trabajo, equilibrio personal, respeto a los demás, sentido cívico, autodisciplina, afirmación y argumentación de sus ideas, y un sinfín de elementos más.