Los 2-6 años de Montessori equivalen a los programas de tres cuartas partes de primaria

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Los niños y las niñas «adelantados»
La pedagogía Montessori se basa en un material sensorial tan eficaz con los niños y las niñas que en general aprenden antes y de manera más duradera que los niños y las niñas del sistema tradicional. Por ejemplo, aprenden a escribir y leer hacia los 3 o 4 años, descubren la gramática alrededor de los 5 años, empiezan a trabajar en fracciones alrededor de los 6 años, y así muchas otras cosas.
Este trabajo «adelantado» no es en absoluto el objetivo de la pedagogía Montessori. No se fuerza absolutamente nada y se respeta el ritmo de los niños y las niñas. Sino que se aprovecha lo que Maria Montessori llama «los períodos sensibles» del niño, que van desde los 2 hasta los 6 años aproximadamente, y durante los cuales todas las adquisiciones son más fáciles y naturales para ellos.

Adelantados con respecto a los programas oficiales
lenguaje letrasEn consecuencia, los niños y las niñas entre 2 y los 6 años que han seguido una educación montessoriana desde el principio han asimilado sólidamente el programa de preescolar y casi tres cuartas partes de la primaria. Y los contenidos educativos previstos para este período que va desde los 2 hasta los 6 años aproximadamente son los que habitualmente tratan en primaria los niños de entre 3 y 9 años.

Los libros de la colección Montessori Paso a paso, 2-6 años, de Escuela Viva
Esta es la razón por la cual los enseñantes de primaria utilizan los libros Paso a paso de Escuela Viva dedicados a niños de 2 a 6 años, para complementar o reemplazar gradualmente el sistema tradicional.

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Para más detalles, he aquí el resumen:
– 2-6 años Vida práctica – Vida sensorial (que permite preparar de manera concreta y sensorial la comprensión de conceptos abstractos y la adquisición de la escritura, la lectura y rigurosos métodos de trabajo.
– 2-6 años Lenguaje (que permite la adquisición de escritura, de la lectura, las nociones básicas de la gramática, etc.)
– 3 a 6 años Cálculo (que permite el descubrimiento de las cifras, los números y del sistema decimal, el dominio de las cuatro operaciones, el descubrimiento de fracciones).

Educación: los padres y la escuela

Confiar los hijos a los enseñantes

Estamos tan acostumbrados al inicio de la escuela como complemento de la familia en la educación de niños y niñas, que la cuestión no se plantea con frecuencia: a los dos años y medio, o a los tres años, casi todos los niños entran en la escuela infantil más próxima a su casa. Si todo va bien, luego pasan a la escuela primaria.

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Si nos paramos a pensar, confiar nuestros seres más queridos sin tener realmente la opción de elegir a la persona a quien se los confiamos… ¡glups! ¡da un poco de cosa! No se trata simplemente de que guarden a nuestros hijos e hijas. Se trata de aceptar que una persona a la que conocemos muy poco y de la que ignoramos sus ideas sobre la educación y sobre la vida, y sobre toda clase de valores que para nosotros son fundamentales, esté en contacto permanente, 6 horas al día con el niño o la niña. No solo enseña conocimientos, sino también comportamientos sociales; participa en el desarrollo de la personalidad del niño de una manera que tal vez no es la que consideramos buena para él. Y al mismo tiempo, aunque no estemos de acuerdo con lo que se hace en clase, queremos evitar que el niño se encuentre en medio de un conflicto aún más turbador para su equilibrio que el hecho de oír dos tañidos de campana distintos, uno en casa y otro en el colegio.

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El consenso en torno a la sumisión

Antiguamente, el enseñante tenía un estatus particularmente respectado que evitaba los conflictos entre él y la familia y. De los enseñantes solo se esperaba que enseñaran a niños y niñas cierto bagaje de conocimientos y conductas de sumisión al orden establecido. El niño recibía bofetadas físicas y psicológicas tanto en casa como en el cole, por motivos sobre los que reinaba un perfecto consenso (falta de respeto hacia los adultos, indisciplina, fracaso escolar). Niños y niñas salían al cabo de un número de años más o menos grande, un poco «perjudicados», bastante inhibidos y maduros para una vida profesional, también basada con frecuencia en la sumisión.

La duda, el conflicto, la incoherencia

¿Es mejor hoy? La verdad, no mucho. Por un lado, el consenso con respecto a la sumisión existe aún entre muchas escuelas y muchos padres. Por otro, cuando no hay consenso, suele ser muy difícil saber quién se equivoca y quién tiene razón y cómo salir del conflicto. En nuestros días, aunque existen enseñantes formidables, también hay muchos que no ha recibido una auténtica formación pedagógica. Esto no quiere decir automáticamente que no hagan bien su tarea, pero quizás impide que confiemos en ellos ciegamente. Por su parte, los padres no están informados de lo que la escuela debería realmente aportar a sus hijos: ¿Únicamente conocimientos?, ¿de qué tipo?, ¿también conductas y valores? ¿El desarrollo de su autonomía?, ¿o por el contrario deberían ser formateados en aras de una inserción no traumática en la sociedad? Todo el mundo anda perdido. Todo el mundo alberga dudas. El enfrentamiento de madres, padres y enseñantes se cierne sobre las cabezas de los niños.

Para una colaboración feliz entre la escuela y la familia

Sin embargo, los ejemplos de ciertos países (sí, adivinen: ¡Finlandia!, cómo no, pero también Singapur u otros) y de ciertas escuelas (Freinet, Montessori, Decroly, Steiner…) demuestran que es posible hallar una solución inteligente y ecuánime. Tener pequeñas escuelas de barrio en lugar de enormes escuelas que no permiten un buen diálogo con el exterior. Formar a los enseñantes hasta el punto de convertirlos en verdaderos expertos en educación (pedagogía, psicología, conocimientos). Reconocer y valorizar esta profesionalidad. Informar a madres y padres de la necesidad de que confíen en ellos; cada uno su oficio. Enseñarles que la educación en la escuela no es solo «escolar». Permitirles participar en lo que se hace en clase y colaborar con la escuela.

En fin, insistir, en un clima sereno, en la complementariedad escuela/familia para el desarrollo armonioso y completo de niños y niñas: confianza en ellos, autonomía, rigor, organización de su trabajo, equilibrio personal, respeto a los demás, sentido cívico, autodisciplina, afirmación y argumentación de sus ideas, y un sinfín de elementos más.

Después de Montessori (o de Freinet)

La angustia ante el futuro

A menudo leemos y oímos las mismas preguntas angustiadas de los padres a propósito del método Montessori: «Sí, es muy bonito, no hay competencia, pero… resulta que después en la vida sí la hay… ¿Estarán preparados?». «¿Y qué pasa luego, cuando salen de una escuela Montessori?».

Por un lado, sería una lástima privar a los niños y a las niñas de esta pedagogía con el pretexto de que no durará toda su escolaridad. Por otro lado, afortunadamente, las cosas tampoco son como los padres temen.

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Una ligera incoherencia

Me gustaría revelar un aspecto paradójico. Si realmente el mundo escolar y profesional fuera un universo implacable para sobrevivir al cual fuese necesario «armarse», ¿lo más inteligente sería meter en él de golpe a los niños y a las niñas desde la edad de 2 años en lugar de dejarles adquirir antes autonomía, confianza en sí mismos, serenidad en el diálogo, capacidad de argumentación y de escucha?

Personalmente, no tengo la sensación de que el mundo en el que vivimos, pese a todos sus defectos, sea tan espantoso. Pero, tal vez eso se deba a que he pasado toda la primaria en una escuela Freinet.

Los hechos demuestran lo contrario

Por desgracia, los colegios de secundaria y bachillerato Freinet o Montessori aún son una rareza en nuestros países. Hay un momento en el que los niños y las niñas Montessori o Freinet tienen que integrarse en el sistema tradicional. Mentiría si dijera que no se produce un choque: de repente, la obligación de permanecer sentada durante horas, interrumpir lo que estás haciendo cada 55 minutos para pasar a otra cosa. De repente, las notas, los castigos, las recompensas. De repente, una miríada de profesores distintos que apenas te da tiempo a conocer. De repente, una sola franja de edad en la clase… Y, sobre todo, la sensación de ser un sujeto pasivo.

Pero enseguida, la increíble capacidad de adaptación, el hecho de ir considerablemente más adelantada en todas las áreas, la gran autonomía y el hecho de saber organizar el propio trabajo hacen que los niños y las niñas que han ido a este tipo de colegios salgan airosos y lo hagan bien, incluso mejor que bien. De modo que, ¡nada de angustia!

Sylvia Dorance
CEO de Escuela Viva

Montessori y los programas de la enseñanza tradicional

Dos preguntas legítimas

Cada vez más padres y enseñantes descubren Montessori y les seduce no solo por la eficacia evidente de esta pedagogía, sino también por el hecho de que los niños y las niñas son viviblemente felices dentro de este ambiente. Sin embargo, se plantean dos dudas, del todo lógicas y legítimas: «¿Se sigue el programa oficial?». «¿Estarán los niños y las niñas al nivel de los demás cuando entren en Secundaria?».
La respuesta a las dos preguntas es No. (¡Vaya por dios!)

No, la pedagogía Montessori no sigue el programa

Y no sigue el programa porque esta pedagogía se basa en procesos diferentes. Al pasar por el aprendizaje sensorial, se abordan algunos aprendizajes mucho antes que en la enseñanza tradicional. Por ejemplo, a los 5 años muchos niños «montessorianos» saben leer y hacer las cuatro operaciones. A los 6 años, abordan las fracciones y se ocupan de la naturaleza de las palabras en el análisis gramatical. Por tanto, el programa Montessori de los 2 a los 6 años, corresponde en gran parte a la Primaria tradicional. En Montessori, no se «sigue» el programa, pero se «hace» de sobras. Y, sobre todo, se «hace» en profundidad. Pues el objetivo no es ir deprisa (aun cuando sea esto lo que sucede). El objetivo es que los niños y las niñas asimilen realmente, y para siempre, lo que aprenden.

No, los niños no están al mismo nivel…

Están mucho más adelantados. A los 10, 11, 12 años, cuando entran en Secundaria, los niños «montessorianos» ya han cubierto todo el programa de Primaria desde hace varios años y siguen avanzando; les da tiempo para cultivarse, interesarse por las ciencias, la geografía, la historia, tal vez han empezado a aprender uno o dos idiomas extranjeros. Y, sobre todo, saben trabajar. Saben tomar notas, organizarse en su trabajo, hablar en público, argumentar sus opiniones. También han aprendido a colaborar, en lugar de competir constantemente.

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Un niño trabajando con grandes cifras en una escuela Montessori

El método Montessori: una educación diferente

Vuelvo a repetirlo, el objetivo no es ir deprisa ni superar a nadie. El objetivo es que el niño o la niña se desarrolle armoniosamente, adquiera la confianza que le permita avanzar, aprender métodos de trabajo que le sirvan toda la vida y asimilar profundamente los conocimientos básicos sobre los que podrá edificar todos sus estudios posteriores.