Escuela pública, escuelas privadas, homeschooling y… Escuela Viva

La defensa de la escuela pública
La escuela pública, cuando está bien concebida y realmente respaldada por el Estado, es, en nuestra opinión, la mejor modalidad de enseñanza. Basta ver sus resultados en los países donde:

  • las escuelas son pequeñas y poco alejadas de los hogares de los niños o las niñas (lo que evita la fatiga y reduce las posibilidades de violencia, de extorsión, de acoso y facilita el contacto fructífero entre padres y enseñantes),
  • el número de alumnos por clase es razonable (lo que permite a los enseñantes ocuparse de todos),
  • sus instalaciones son agradables y funcionales,
  • los enseñantes han recibido una formación de calidad, en particular en pedagogía y, sobre todo, en pedagogía activa, y
  • los enseñantes son valorados por el Estado, por los medios de comunicación, por la población y están bien remunerados.

La escuela pública es democrática porque es gratuita y, si es como acabamos de describir, permite difuminar un poco las desigualdades sociales para ofrecer a todos los niños y las niñas las mismas posibilidades de éxito.ecole-publique-finlandaise

La tentación de la educación privada y de la educación en el ámbito familiar
Sin embargo, desde hace algunas décadas, sin decirlo, por supuesto, e independientemente de su afiliación política, los sucesivos gobiernos se están desvinculando de la educación, reduciendo los fondos y la formación, tanto cuantitativa como cualitativamente, cerrando escuelas, invirtiendo menos en las obras de modernización, dejando que las situaciones empeoren. La profesión de enseñante de la pública se vuelve cada vez más difícil y penosa. El resultado es una escuela pública menos eficiente, que deja de lado a demasiados niños y, a veces, incluso resulta peligrosa para algunos. En este contexto, es bastante lógico que los padres sean reacios a que sus hijos entren en ella. Los que tienen medios van a escuelas privadas. Los que no pueden permitírselas piensan en la educación en hogar o en el ámbito familiar como solución. Pero la primera solución solo está reservada a un pequeño segmento de la población; y la segunda requiere que, en general, las madres dejen un trabajo y una vida fuera de la familia para consagrarse únicamente a sus hijos o hijas.

La posición de la Escuela Viva
¿Y qué preferimos nosotros? Nosotros preferimos… ¡la felicidad de los niños! Para su desarrollo armonioso, tanto en el plano físico, como en el intelectual, psicológico y social. Por eso nuestros libros defienden y apoyan la pedagogía activa, se practique en la pública, la privada, la escuela o el hogar. Nuestros libros están destinados a todos aquellos –padres, docentes, educadores, psicólogos, logopedas– que invierten en una educación cuyo único propósito es el desarrollo de los niños y las niñas. Porque niños y niñas son el futuro y al ayudarlos a convertirse en personas responsables, equilibradas, generosas, comprometidas, abiertas, curiosas y activas estamos preparando una sociedad mejor para el futuro.

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Más informaciones sobre la escuela en casa.

Los 2-6 años de Montessori equivalen a los programas de tres cuartas partes de primaria

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Los niños y las niñas «adelantados»
La pedagogía Montessori se basa en un material sensorial tan eficaz con los niños y las niñas que en general aprenden antes y de manera más duradera que los niños y las niñas del sistema tradicional. Por ejemplo, aprenden a escribir y leer hacia los 3 o 4 años, descubren la gramática alrededor de los 5 años, empiezan a trabajar en fracciones alrededor de los 6 años, y así muchas otras cosas.
Este trabajo «adelantado» no es en absoluto el objetivo de la pedagogía Montessori. No se fuerza absolutamente nada y se respeta el ritmo de los niños y las niñas. Sino que se aprovecha lo que Maria Montessori llama «los períodos sensibles» del niño, que van desde los 2 hasta los 6 años aproximadamente, y durante los cuales todas las adquisiciones son más fáciles y naturales para ellos.

Adelantados con respecto a los programas oficiales
lenguaje letrasEn consecuencia, los niños y las niñas entre 2 y los 6 años que han seguido una educación montessoriana desde el principio han asimilado sólidamente el programa de preescolar y casi tres cuartas partes de la primaria. Y los contenidos educativos previstos para este período que va desde los 2 hasta los 6 años aproximadamente son los que habitualmente tratan en primaria los niños de entre 3 y 9 años.

Los libros de la colección Montessori Paso a paso, 2-6 años, de Escuela Viva
Esta es la razón por la cual los enseñantes de primaria utilizan los libros Paso a paso de Escuela Viva dedicados a niños de 2 a 6 años, para complementar o reemplazar gradualmente el sistema tradicional.

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Para más detalles, he aquí el resumen:
– 2-6 años Vida práctica – Vida sensorial (que permite preparar de manera concreta y sensorial la comprensión de conceptos abstractos y la adquisición de la escritura, la lectura y rigurosos métodos de trabajo.
– 2-6 años Lenguaje (que permite la adquisición de escritura, de la lectura, las nociones básicas de la gramática, etc.)
– 3 a 6 años Cálculo (que permite el descubrimiento de las cifras, los números y del sistema decimal, el dominio de las cuatro operaciones, el descubrimiento de fracciones).

Niño pasivo, niño actor, niño autor (o niña)

El niño pasivoteacher-158711_1280

Sin duda constituye la mayoría en la enseñanza tradicional. Simplemente porque aceptamos y a menudo porque queremos que lo sea así. ¿Es tímido y participa poco? En un aula de treinta niños y niñas que reciben clases magistrales, se queda olvidado rápidamente en un rincón. ¿Es muy «sabio»? Escucha lo que dicen, registra lo que puede, aprende de memoria el resto en casa y lo regurgita al día siguiente en un examen en el que nos fijaremos especialmente en el resultado y muy poco, o casi nada, en el razonamiento. Rápidamente se da cuenta de que le interesa no manifestarse demasiado, porque si lo hace, corre el riesgo de cometer errores y de que le castiguen por ello. En cualquier caso, el espacio en el que se espera que debe apelar a su imaginación o su iniciativa es muy pequeño.

El niño actor

La pedagogía activa le da al niño un lugar muy diferente. Lo pone en situaciones en las que es él quien elige, busca, dialoga, colabora con sus compañeros, utiliza a su manera los documentos y herramientas que el enseñante pone a su disposición. Lo responsabiliza al hacerlo participar en la elaboración de su programa de aprendizaje (pedagogía de contrato) y en la evaluación de su trabajo y el de los demás (autoevaluación, evaluación por pares). La pedagogía activa cultiva la confianza en sí mismo al aceptar el error como una etapa necesaria para progresar. Promueve su autonomía al poner a su disposición materiales que puede utilizar sin la ayuda o la censura de un adulto (fichas de autocorrección en Freinet, material que permite el control del error en Montessori…).

El niño autor

shy-2717444_1280Esta es la tercera etapa, que no se encuentra en todas las clases, ni siquiera en todas las clases de la pedagogía activa. Para que el niño (o la niña) autor se manifieste, se requiere una actitud y un espíritu particulares por parte del educador.

Primero, ¿qué entendemos por niño (o niña) autor? Es, por ejemplo,  un auténtico creador en el ámbito artístico: dibuja o esculpe o canta o escribe lo que quiere, cuando quiere. Sigue por vías diferentes de las de sus compañeros porque sigue su propia personalidad y sus propios gustos. Busca mejorar sus creaciones documentándose y cultivándose. Ha aprendido progresivamente a sentirse libre para expresarse a su manera. O es el que hará invenciones técnicas más o menos elaboradas, experiencias originales… y se dedicará, poco a poco, en lo que más le interesa, mientras descubre y así revela su propia vía de excelencia.

Esto solo es posible cuando el enseñante favorece la iniciativa y la independencia desde el comienzo en el espíritu de la clase. Para eso, es necesario que este enseñante sea capaz de cuestionar lo que se le ha aprendido en su formación, generar sus propias ideas, no de seguir un método como si se tratara de una regla inmutable y fija. Es necesario que invente constantemente según el contexto, según los niños con los que trabaja, los medios disponibles, etc. Debe ser capaz de evolucionar, de cambiar de rumbo, de adaptar y de adaptarse. Debe ser él mismo actor y autor de su trabajo.

¿Conocen a enseñantes así? ¡Se reconocen de inmediato! En general, adoran su trabajo, lo hacen sin contar, nunca se aburren y… sus alumnos los adoran.

Más sobre la pedagogía activa.

Educación: los padres y la escuela

Confiar los hijos a los enseñantes

Estamos tan acostumbrados al inicio de la escuela como complemento de la familia en la educación de niños y niñas, que la cuestión no se plantea con frecuencia: a los dos años y medio, o a los tres años, casi todos los niños entran en la escuela infantil más próxima a su casa. Si todo va bien, luego pasan a la escuela primaria.

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Si nos paramos a pensar, confiar nuestros seres más queridos sin tener realmente la opción de elegir a la persona a quien se los confiamos… ¡glups! ¡da un poco de cosa! No se trata simplemente de que guarden a nuestros hijos e hijas. Se trata de aceptar que una persona a la que conocemos muy poco y de la que ignoramos sus ideas sobre la educación y sobre la vida, y sobre toda clase de valores que para nosotros son fundamentales, esté en contacto permanente, 6 horas al día con el niño o la niña. No solo enseña conocimientos, sino también comportamientos sociales; participa en el desarrollo de la personalidad del niño de una manera que tal vez no es la que consideramos buena para él. Y al mismo tiempo, aunque no estemos de acuerdo con lo que se hace en clase, queremos evitar que el niño se encuentre en medio de un conflicto aún más turbador para su equilibrio que el hecho de oír dos tañidos de campana distintos, uno en casa y otro en el colegio.

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El consenso en torno a la sumisión

Antiguamente, el enseñante tenía un estatus particularmente respectado que evitaba los conflictos entre él y la familia y. De los enseñantes solo se esperaba que enseñaran a niños y niñas cierto bagaje de conocimientos y conductas de sumisión al orden establecido. El niño recibía bofetadas físicas y psicológicas tanto en casa como en el cole, por motivos sobre los que reinaba un perfecto consenso (falta de respeto hacia los adultos, indisciplina, fracaso escolar). Niños y niñas salían al cabo de un número de años más o menos grande, un poco «perjudicados», bastante inhibidos y maduros para una vida profesional, también basada con frecuencia en la sumisión.

La duda, el conflicto, la incoherencia

¿Es mejor hoy? La verdad, no mucho. Por un lado, el consenso con respecto a la sumisión existe aún entre muchas escuelas y muchos padres. Por otro, cuando no hay consenso, suele ser muy difícil saber quién se equivoca y quién tiene razón y cómo salir del conflicto. En nuestros días, aunque existen enseñantes formidables, también hay muchos que no ha recibido una auténtica formación pedagógica. Esto no quiere decir automáticamente que no hagan bien su tarea, pero quizás impide que confiemos en ellos ciegamente. Por su parte, los padres no están informados de lo que la escuela debería realmente aportar a sus hijos: ¿Únicamente conocimientos?, ¿de qué tipo?, ¿también conductas y valores? ¿El desarrollo de su autonomía?, ¿o por el contrario deberían ser formateados en aras de una inserción no traumática en la sociedad? Todo el mundo anda perdido. Todo el mundo alberga dudas. El enfrentamiento de madres, padres y enseñantes se cierne sobre las cabezas de los niños.

Para una colaboración feliz entre la escuela y la familia

Sin embargo, los ejemplos de ciertos países (sí, adivinen: ¡Finlandia!, cómo no, pero también Singapur u otros) y de ciertas escuelas (Freinet, Montessori, Decroly, Steiner…) demuestran que es posible hallar una solución inteligente y ecuánime. Tener pequeñas escuelas de barrio en lugar de enormes escuelas que no permiten un buen diálogo con el exterior. Formar a los enseñantes hasta el punto de convertirlos en verdaderos expertos en educación (pedagogía, psicología, conocimientos). Reconocer y valorizar esta profesionalidad. Informar a madres y padres de la necesidad de que confíen en ellos; cada uno su oficio. Enseñarles que la educación en la escuela no es solo «escolar». Permitirles participar en lo que se hace en clase y colaborar con la escuela.

En fin, insistir, en un clima sereno, en la complementariedad escuela/familia para el desarrollo armonioso y completo de niños y niñas: confianza en ellos, autonomía, rigor, organización de su trabajo, equilibrio personal, respeto a los demás, sentido cívico, autodisciplina, afirmación y argumentación de sus ideas, y un sinfín de elementos más.

Después de Montessori (o de Freinet)

La angustia ante el futuro

A menudo leemos y oímos las mismas preguntas angustiadas de los padres a propósito del método Montessori: «Sí, es muy bonito, no hay competencia, pero… resulta que después en la vida sí la hay… ¿Estarán preparados?». «¿Y qué pasa luego, cuando salen de una escuela Montessori?».

Por un lado, sería una lástima privar a los niños y a las niñas de esta pedagogía con el pretexto de que no durará toda su escolaridad. Por otro lado, afortunadamente, las cosas tampoco son como los padres temen.

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Una ligera incoherencia

Me gustaría revelar un aspecto paradójico. Si realmente el mundo escolar y profesional fuera un universo implacable para sobrevivir al cual fuese necesario «armarse», ¿lo más inteligente sería meter en él de golpe a los niños y a las niñas desde la edad de 2 años en lugar de dejarles adquirir antes autonomía, confianza en sí mismos, serenidad en el diálogo, capacidad de argumentación y de escucha?

Personalmente, no tengo la sensación de que el mundo en el que vivimos, pese a todos sus defectos, sea tan espantoso. Pero, tal vez eso se deba a que he pasado toda la primaria en una escuela Freinet.

Los hechos demuestran lo contrario

Por desgracia, los colegios de secundaria y bachillerato Freinet o Montessori aún son una rareza en nuestros países. Hay un momento en el que los niños y las niñas Montessori o Freinet tienen que integrarse en el sistema tradicional. Mentiría si dijera que no se produce un choque: de repente, la obligación de permanecer sentada durante horas, interrumpir lo que estás haciendo cada 55 minutos para pasar a otra cosa. De repente, las notas, los castigos, las recompensas. De repente, una miríada de profesores distintos que apenas te da tiempo a conocer. De repente, una sola franja de edad en la clase… Y, sobre todo, la sensación de ser un sujeto pasivo.

Pero enseguida, la increíble capacidad de adaptación, el hecho de ir considerablemente más adelantada en todas las áreas, la gran autonomía y el hecho de saber organizar el propio trabajo hacen que los niños y las niñas que han ido a este tipo de colegios salgan airosos y lo hagan bien, incluso mejor que bien. De modo que, ¡nada de angustia!

Sylvia Dorance
CEO de Escuela Viva

Algunos clichés contra el método Montessori

«Un método “nuevo” que data de principios del siglo XX (sic)»

Acabo de leer un artículo (no lo citaré, no tiene sentido seguir hablando de él) que constituye tal colección, concentrada, copiosa y odiosa, de clichés contra Montessori que me parece una ocasión perfecta para refutarlos uno a uno.

El primero, trillado pero difícil de erradicar, consiste en sorprenderse de que se llame «moderno» a un método que tiene más de un siglo. Lo curioso es que la gente que piensa así desearía que volviéramos a los tiempos de la escuela decimonónica, de «la letra con sangre entra», los deberes, las notas firmadas, las categorías, los castigos, los aprendizajes de memoria… Sin embargo, precisamente, querer suprimir todas estas trabas inútiles para permitir el desarrollo armonioso y autónomo del niño y la niña en lugar de inhibirlos y humillarlos ¡eso sí es moderno!castigo

«La escuela Montessori solo funciona para niños superdotados o para los deficientes (sic)»

Empecemos por sospechar de la contradicción inherente a la formulación: ¿no es extraño que una pedagogía funcione lo mismo para los niños y niñas de alto potencial que para los que tienen dificultades? Esta frase pone en evidencia sobre todo  el hecho de que, al tener en cuenta las particularidades de cada uno y al adaptarse a ellas, la pedagogía Montessori evita que se deje de lado a todos aquellos que no encajan a la perfección dentro de la «norma». ¿Y cuál es esta norma?, ¿quién la define? ¿y bajo qué criterios?

«Es peligrosa para los demás (sic)»

Peligrosa porque los deja libres. Al autor del artículo le aterra la idea de que a los niños y niñas formados en esta pedagogía no se les imponga nada y que, a la fuerza, van a aprovechar para sumirse en la indolencia y la pereza.  Esto es tener una visión muy negativa de los niños. También es equivocarse de pleno: basta pasar unas horas en una escuela Montessori para darse cuenta del hecho de que los niños y las niñas no solo trabajan, sino que además lo trabajan voluntariamente y con placer. Precisamente cuando se les da libertad para hacer un trabajo es cuando se les ofrece la ocasión de ser voluntariamente activos en la escuela y, más tarde, en la vida, sin la necesidad de tener a un gendarme al lado.

«La escuela no puede permitirse esperar años para que un niño aprenda a leer y a calcular y simplemente empiece a trabajar (sic)»

Cuando se sabe hasta qué punto las imposiciones a la fuerza son poco productivas para la mayoría y perjudicial para unos cuantos, esta frase suscita la risa. Pero una risa irónica. La escuela  que no tiene la capacidad (ni la paciencia) de esperar, y fracasa tan estrepitosamente que priva a nuestra sociedad y al futuro de nuestros países de una buena parte de sus fuerzas vivas. En lugar de dejar a quienes lo necesitan el tiempo para florecer a su ritmo, para que a fin de cuentas cada uno pueda entrar en las mejores condiciones en una vida activa y creativa para el bien de todos, se lanza a toda pastilla contra la pared sin preocuparse por los daños. ¡Menudo éxito!

«Las obligaciones sociales son bienes preciosos para que aprendamos a vivir juntos (sic)»

Sobrentendido: las escuelas Montessori son demasiado agradables para preparar (¡armar!) a los niños y niñas ante el horror de la vida que les espera: competición, egoísmo, codicia, ansias de poder… ¿qué se yo? Dicho de otro modo: como en la vida recibimos todo el tiempo martillazos en la cabeza, cuando antes comencemos mejor. ¡Es absurdo! En primer lugar, porque si la sociedad es realmente tan malvada, sería mejor empezar a intentar cambiarla, por ejemplo, educando mejor a los niños y las niñas para que se conviertan en adultos menos egoístas, menos codiciosos, menos ávidos de poder… En segundo lugar porque justamente dando confianza a los niños y a las niñas y enseñándoles a dialogar, los estamos preparando para vivir en una sociedad de manera equilibrada, independiente y abierta.

Sylvia Dorance
CEO de Escuela Viva

El error no es una falta

Una mala relación con el error

Uno de los peores reproches que podemos hacer a la escuela tradicional es su pésima gestión del error:

  • a menudo se le pregunta al niño o a la niña sobre temas que aún no ha aprendido (¡el dictado!),
  • se le culpabiliza cuando no sabe la respuesta (al error se le llama falta),
  • se le castiga por sus errores (se le pone mala nota, se le compara con sus compañeros ¡que sí saben la respuesta!, y, en el peor de los casos, es blanco de comentarios irónicos).
  • se acaba por inhibirlo de tal manera que prefiere callarse, o decir que no lo sabe, antes que arriesgarse a dar una respuesta equivocada.

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El error es productivo

Pongamos por ejemplo un laboratorio de investigación. A menudo se cometen errores. Después, se extraen conclusiones de tales errores para encaminarse progresivamente hacia el éxito. Si en el laboratorio no existiera el derecho al error ¿quién osaría plantear la menor hipótesis? Tendrían que cerrarlo.

En el aprendizaje es lo mismo (¡o debería serlo!). ¿A quién se le ocurriría reprender a un bebé por caerse un número incalculable de veces antes de tenerse en pie y echar a andar? ¡Un cero para el bebé!

Precisamente es cayéndose como se aprende a no caer… y cómo uno lo recuerda (aunque le duela el trasero del golpe). No hay nada que objetar. Tanteando se aprende a poner mejor los pies, a buscar el equilibrio. Y como todo esto lo descubrimos por experiencia propia, el aprendizaje es voluntario, consentido y perseverante. ¿De qué serviría que nos ordenaran: «¡Anda!»? ¿Y nos alentaría mucho que nos dijeran: «¿Cómo? ¿Todavía no andas?»?

Todo el mundo tiene derecho a equivocarse

En una clase o en cualquier situación de aprendizaje, el derecho al error, por tanto, es muy importante. Y se aplica a todos, incluso al enseñante. Como de costumbre, al enseñante le toca «predicar con el ejemplo». Al reconocer, sin el menor atisbo de vergüenza, que se ha equivocado o que no sabe la respuesta, el enseñante transmite diversos mensajes:

  • Yo no lo sé todo, y es normal. Nadie es infalible y tenemos derecho a equivocarnos.
  • El hecho de reconocerlo me honra en lugar de perjudicarme.
  • Voy a hacer todo lo posible para encontrar la respuesta allí donde se encuentre. De este modo habré aprendido algo nuevo. Es así como se aprende.

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La autocorrección y la autoevalución

En Montessori, los materiales suelen incluir lo que denominamos el «control del error»; un sistema que permite al niño o a la niña descubrir por sí solo si se ha equivocado, sin que la sanción provenga del educador. La torre rosa se cae si no se centran bien todos sus cubos; en la serpiente positiva sobran perlas o faltan si no se ha calculado correctamente, etc.

En Freinet, para el cálculo o la gramática, por ejemplo, los niños trabajan con fichas de autocorrección. Es decir, que en cualquier momento pueden verificar la solución sin tener que recurrir al maestro, salvo si no comprenden PORQUÉ es cierto o falso. El trabajo en grupo permite también una corrección a través de los compañeros, más fácil de aceptar que si proviene del adulto censor.

Gracias a estos procedimientos, el niño aprende deprisa a autoevaluarse. Sabe muy bien en qué punto está y qué debe hacer para progresar. No pide ayuda al adulto, más que cuando realmente la necesita, y lo hace sin temor a verse devaluado ante sus ojos. Por el contrario. La confianza en sí mismo no se ve socavada a diario. Sabe que puede mejorar y eso le da ganas de esforzarse.

Montessori y los programas de la enseñanza tradicional

Dos preguntas legítimas

Cada vez más padres y enseñantes descubren Montessori y les seduce no solo por la eficacia evidente de esta pedagogía, sino también por el hecho de que los niños y las niñas son viviblemente felices dentro de este ambiente. Sin embargo, se plantean dos dudas, del todo lógicas y legítimas: «¿Se sigue el programa oficial?». «¿Estarán los niños y las niñas al nivel de los demás cuando entren en Secundaria?».
La respuesta a las dos preguntas es No. (¡Vaya por dios!)

No, la pedagogía Montessori no sigue el programa

Y no sigue el programa porque esta pedagogía se basa en procesos diferentes. Al pasar por el aprendizaje sensorial, se abordan algunos aprendizajes mucho antes que en la enseñanza tradicional. Por ejemplo, a los 5 años muchos niños «montessorianos» saben leer y hacer las cuatro operaciones. A los 6 años, abordan las fracciones y se ocupan de la naturaleza de las palabras en el análisis gramatical. Por tanto, el programa Montessori de los 2 a los 6 años, corresponde en gran parte a la Primaria tradicional. En Montessori, no se «sigue» el programa, pero se «hace» de sobras. Y, sobre todo, se «hace» en profundidad. Pues el objetivo no es ir deprisa (aun cuando sea esto lo que sucede). El objetivo es que los niños y las niñas asimilen realmente, y para siempre, lo que aprenden.

No, los niños no están al mismo nivel…

Están mucho más adelantados. A los 10, 11, 12 años, cuando entran en Secundaria, los niños «montessorianos» ya han cubierto todo el programa de Primaria desde hace varios años y siguen avanzando; les da tiempo para cultivarse, interesarse por las ciencias, la geografía, la historia, tal vez han empezado a aprender uno o dos idiomas extranjeros. Y, sobre todo, saben trabajar. Saben tomar notas, organizarse en su trabajo, hablar en público, argumentar sus opiniones. También han aprendido a colaborar, en lugar de competir constantemente.

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Un niño trabajando con grandes cifras en una escuela Montessori

El método Montessori: una educación diferente

Vuelvo a repetirlo, el objetivo no es ir deprisa ni superar a nadie. El objetivo es que el niño o la niña se desarrolle armoniosamente, adquiera la confianza que le permita avanzar, aprender métodos de trabajo que le sirvan toda la vida y asimilar profundamente los conocimientos básicos sobre los que podrá edificar todos sus estudios posteriores.

La pedagogía activa es buena para todos los niños y las niñas

Comprender gracias al hándicap

A menudo es en el contexto de la discapacidad o de un medio social desfavorecido donde los grandes inventores de la pedagogía activa han tenido que mover los cimientos de la pedagogía tradicional. Enfrentados a situaciones difíciles, ante niños o niñas que «no encajaban en el molde» por la razón que fuese, se han visto obligados a inventar prácticas que respetan mejor la diferencia de cada uno, vuelven decididamente la espalda a una competición dramática e inútil, escuchan al niño, sus necesidades, sus puntos fuertes, sus debilidades, sus gustos, sus ritmos, su forma original de inteligencia y de comunicación. Y lo que tienen de formidable estas prácticas es que son para todos.

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La pedagogía activa es mucho más que «curativa»

La pedagogía activa coloca al niño (y no a sus conocimientos) en el centro de la enseñanza. No se trata de inculcar a los niños pasivos y a menudo aburridos o incluso desganados, un programa fijo, indiscutible e idéntico para todos. Se trata de estimular a cada uno hasta el máximo de sus posibilidades, dentro de la confianza, el placer del esfuerzo útil, la autoestima, el derecho a equivocarse, las ganas de superarse y de seguir adelante. Para conseguir este objetivo, el niño participa activamente del aprendizaje, se le da la ocasión de experimentar, de crear, de implicarse, en lugar de obligarle a almacenar, tal vez sin comprender, conocimientos y competencias. ¿Por qué todo eso se reserva solo a los niños que fracasan en la enseñanza tradicional?

Una opción de último recurso

A menudo, los padres solo recurren a la pedagogía activa cuando su hijo o hija tiene problemas en la enseñanza clásica. No se «adapta», es infeliz, no «progresa adecuadamente»… Es una pena, y además comporta dos problemas que hay que superar:

  • Pocos niños tienen la ocasión de beneficiarse de las ventajas de la pedagogía activa.
  • La presión de los padres para que la pedagogía activa se convierta en la norma en la educación nacional pública y gratuita es demasiado débil.

Por eso es necesario explicar, informar, describir infatigablemente en qué consiste la pedagogía de Montessori, Freinet o Steiner.

Para saber más: Escuela Viva