El error no es una falta

Una mala relación con el error

Uno de los peores reproches que podemos hacer a la escuela tradicional es su pésima gestión del error:

  • a menudo se le pregunta al niño o a la niña sobre temas que aún no ha aprendido (¡el dictado!),
  • se le culpabiliza cuando no sabe la respuesta (al error se le llama falta),
  • se le castiga por sus errores (se le pone mala nota, se le compara con sus compañeros ¡que sí saben la respuesta!, y, en el peor de los casos, es blanco de comentarios irónicos).
  • se acaba por inhibirlo de tal manera que prefiere callarse, o decir que no lo sabe, antes que arriesgarse a dar una respuesta equivocada.

niño trabajando

El error es productivo

Pongamos por ejemplo un laboratorio de investigación. A menudo se cometen errores. Después, se extraen conclusiones de tales errores para encaminarse progresivamente hacia el éxito. Si en el laboratorio no existiera el derecho al error ¿quién osaría plantear la menor hipótesis? Tendrían que cerrarlo.

En el aprendizaje es lo mismo (¡o debería serlo!). ¿A quién se le ocurriría reprender a un bebé por caerse un número incalculable de veces antes de tenerse en pie y echar a andar? ¡Un cero para el bebé!

Precisamente es cayéndose como se aprende a no caer… y cómo uno lo recuerda (aunque le duela el trasero del golpe). No hay nada que objetar. Tanteando se aprende a poner mejor los pies, a buscar el equilibrio. Y como todo esto lo descubrimos por experiencia propia, el aprendizaje es voluntario, consentido y perseverante. ¿De qué serviría que nos ordenaran: «¡Anda!»? ¿Y nos alentaría mucho que nos dijeran: «¿Cómo? ¿Todavía no andas?»?

Todo el mundo tiene derecho a equivocarse

En una clase o en cualquier situación de aprendizaje, el derecho al error, por tanto, es muy importante. Y se aplica a todos, incluso al enseñante. Como de costumbre, al enseñante le toca «predicar con el ejemplo». Al reconocer, sin el menor atisbo de vergüenza, que se ha equivocado o que no sabe la respuesta, el enseñante transmite diversos mensajes:

  • Yo no lo sé todo, y es normal. Nadie es infalible y tenemos derecho a equivocarnos.
  • El hecho de reconocerlo me honra en lugar de perjudicarme.
  • Voy a hacer todo lo posible para encontrar la respuesta allí donde se encuentre. De este modo habré aprendido algo nuevo. Es así como se aprende.

inter pares

La autocorrección y la autoevalución

En Montessori, los materiales suelen incluir lo que denominamos el «control del error»; un sistema que permite al niño o a la niña descubrir por sí solo si se ha equivocado, sin que la sanción provenga del educador. La torre rosa se cae si no se centran bien todos sus cubos; en la serpiente positiva sobran perlas o faltan si no se ha calculado correctamente, etc.

En Freinet, para el cálculo o la gramática, por ejemplo, los niños trabajan con fichas de autocorrección. Es decir, que en cualquier momento pueden verificar la solución sin tener que recurrir al maestro, salvo si no comprenden PORQUÉ es cierto o falso. El trabajo en grupo permite también una corrección a través de los compañeros, más fácil de aceptar que si proviene del adulto censor.

Gracias a estos procedimientos, el niño aprende deprisa a autoevaluarse. Sabe muy bien en qué punto está y qué debe hacer para progresar. No pide ayuda al adulto, más que cuando realmente la necesita, y lo hace sin temor a verse devaluado ante sus ojos. Por el contrario. La confianza en sí mismo no se ve socavada a diario. Sabe que puede mejorar y eso le da ganas de esforzarse.

La pedagogía activa es buena para todos los niños y las niñas

Comprender gracias al hándicap

A menudo es en el contexto de la discapacidad o de un medio social desfavorecido donde los grandes inventores de la pedagogía activa han tenido que mover los cimientos de la pedagogía tradicional. Enfrentados a situaciones difíciles, ante niños o niñas que «no encajaban en el molde» por la razón que fuese, se han visto obligados a inventar prácticas que respetan mejor la diferencia de cada uno, vuelven decididamente la espalda a una competición dramática e inútil, escuchan al niño, sus necesidades, sus puntos fuertes, sus debilidades, sus gustos, sus ritmos, su forma original de inteligencia y de comunicación. Y lo que tienen de formidable estas prácticas es que son para todos.

niños y niñas

La pedagogía activa es mucho más que «curativa»

La pedagogía activa coloca al niño (y no a sus conocimientos) en el centro de la enseñanza. No se trata de inculcar a los niños pasivos y a menudo aburridos o incluso desganados, un programa fijo, indiscutible e idéntico para todos. Se trata de estimular a cada uno hasta el máximo de sus posibilidades, dentro de la confianza, el placer del esfuerzo útil, la autoestima, el derecho a equivocarse, las ganas de superarse y de seguir adelante. Para conseguir este objetivo, el niño participa activamente del aprendizaje, se le da la ocasión de experimentar, de crear, de implicarse, en lugar de obligarle a almacenar, tal vez sin comprender, conocimientos y competencias. ¿Por qué todo eso se reserva solo a los niños que fracasan en la enseñanza tradicional?

Una opción de último recurso

A menudo, los padres solo recurren a la pedagogía activa cuando su hijo o hija tiene problemas en la enseñanza clásica. No se «adapta», es infeliz, no «progresa adecuadamente»… Es una pena, y además comporta dos problemas que hay que superar:

  • Pocos niños tienen la ocasión de beneficiarse de las ventajas de la pedagogía activa.
  • La presión de los padres para que la pedagogía activa se convierta en la norma en la educación nacional pública y gratuita es demasiado débil.

Por eso es necesario explicar, informar, describir infatigablemente en qué consiste la pedagogía de Montessori, Freinet o Steiner.

Para saber más: Escuela Viva